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No te rindas

Ayer fue mi primer día en la clase de natación.

El maestro fue cortante y duro conmigo desde el primer momento, se agolparon en mi muchas de mis inseguridades, pedí ir al último para no perjudicar a los alumnos más avanzados y él puso cara de fastidio. Lo entiendo, era la última clase, 9 de la noche. Recordé mis clases de inglés cuando niña y como a la maestra le hartaba que yo no entendiera la letra cursiva. Iba en segundo de primaria, apenas sabía leer, mi mamá, temerosa que reprobara en la secundaria, me inscribió en aquella clase gratuita aunque fuera de adultos, pero cuando alcé la mano para decir que no entendía esa letra, la maestra me fulminó con la mirada y siempre manifestó su hartazgo por mi presencia en aquella clase. Los procesos de enseñanza aprendizaje son muy delicados, quien se llama maestro, quizá nunca sabe cuan frágil es el niño o el adulto que tiene enfrente. Nunca sabe lo que detonará en el otro cuando en su primer día, junto con su material de clase, llega con todas sus inseguridades y su torpeza por no saber que hacer. En algún punto sentí mucho coraje, pensé salirme de la alberca y reclamar el trato del maestro: al final es un club caro y exclusivo, no tienen porque tratarme mal. Pero luego pensé que me iba a ver como el monstruo de la laguna verde, con el agua escurriendo por el cuerpo y mi desplante a voces. Preferí sumergirme a la piscina y no rendirme.

Esa es una de las opciones que nos dejan los malos maestros: NO RENDIRNOS.

La fragilidad del alumno en su primer día de clase siempre merece que alguien lo reciba con su mejor sonrisa.

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