Juez y parte

Adrián Vázquez: Un creador sin tregua

Por: Conchi León

 

Con una impresionante cartelera teatral, celebra Adrián Vázquez la trayectoria de quince años de su compañía “Los tristes tigres”. Son ocho las obras que se presentarán en el Foro Shakespeare todo el mes de marzo. Son obras de su amplio repertorio, obras que han cautivado a los espectadores, se han mantenido en cartelera por años, que han viajado por el mundo y refrendan el poderío de este importante creador escénico. Las obras que se presentan son: “Dos para el camino”, de César de María, una reflexión acerca de la incapacidad para hallar la pareja perfecta; “El ventrílocuo”, de Larry Tremblay, los sueños de una adolescente aspirante a escritora. Y las de su propia autoría: “Tonta”, una mujer tenaz y desesperada por hallar trabajo para mantener a su hijo; “Los que sobran”, una reflexión en torno a la amistad entre quienes parecen opuestos; “El hijo de mi padre”, la trama de un hombre con sus descalabros y fortuna; “Visceral”, un personaje que habla de las atrocidades de vivir en este país; “Los días de Carlitos”, la trama de alguien que hace travesuras, conoce el amor y también el acoso escolar; y “Wenses y Lala”, una conmovedora historia, nada cursi, entre dos que se aman.

Yo he visto muchas de las obras de Adrián, una en particular fue fuente de inspiración para una de mis obras. Algunas obras de Adrián me conmueven, otras no tanto, pero no dejo de reconocer que hay en su teatro una voz poderosa, irreverente, vulgar, escatológica, violenta y vital.

Fui testigo de como el teatro rompió en lágrimas y aplausos con “Los días de Carlitos” en una muestra de la Joven Dramaturgia en Querétaro.

Fui testigo de ese mismo fenómeno con su obra “Wences y Lala” que lleva algunos años en cartelera, se ha ganado varios premios y el público goza verla varias veces.

Fui testigo de la buena recepción y cierta incomodidad que causa su obra “Visceral” actuada poderosamente por la espléndida actriz Verónica Bravo.

Fui testigo de la polémica respuesta de su obra “Algo de un tal Shakespeare”. Un trabajo que dividió el sentir de los espectadores, pero en el que es innegable que dos actores poderosos están jugando a la irreverencia con las obras más importantes del dramaturgo inglés. A mi me hubiera encantado que así como desmitificaban, jugaban y banalizaban a Shakespeare, también hubieran ahondado en su poesía.

Fui testigo de como los espectadores, principalmente los estudiantes de teatro, quedamos prendado de su trabajo con “El hijo de mi padre” un monólogo que habla de la masculinidad, de esa educación machista que convierte a muchos varones en seres violentos que viven en un país en el que la ley del más fuerte es lo único que importa.

Adrián ha cautivado a propios y extraños con su pluma y su rigor artístico. Muchas de sus obras están acotadas por la palabra, fluye como pez en el agua con el teatro narrado. Libre de autocensura, Adrián nombra las cosas por su nombre, sus personajes femeninos son libres, sexuales, rudos, vulgares. (No por nada alguna vez me reclamaron que promoviera una de sus obras pues a una amiga le parecía misógina)

No exento de cuestionamientos que en algún momento han buscado su desprestigio, Adrián Vázquez no se detiene, y esa es una de sus características, es un artista prolífico que asume que el éxito trae consigo ciertas piedras que él ha sabido ir dejando en el camino.

Como actor, Adrián Vázquez ha incursionado en el cine con muy buena respuesta, igual que como maestro y director de reconocidas personalidades del cine y la televisión que lo han buscado para hacer teatro.

A Adrián lo conozco por su trabajo y su persona, creo que es de los pocos, poquísimos, a los que el éxito no les ha hecho perder el piso. Lo creo porque mientras siga siendo solidario con sus amigos, con sus propias causas, mientras lo vea detenerse en el parque a comer un Hot dog en la madrugada Xalapeña, mientras lo escuche cuestionarse lo que hace, ser consiente de la respuesta de los espectadores, mientras siga cuidando que sus obras mantengan su esencia, su teatro seguirá siendo ese espacio poderoso y algunas veces cruel en el que todos, en alguna u otra obra, podemos vernos reflejados.